CAPRICHO Y CASTIGO

El cruce entre clases era el mayor escándalo al que un noble, fuese Conde, Duque o Señor, pudiese enfrentarse. Era sinónimo de deshonra, de una mancha indeleble en el linaje familiar, una humillación que resonaba por generaciones.

Los rumores sobre nobles que caían en la desgracia por enredarse con mujeres de clases inferiores eran tan abundantes como las hojas en otoño. Fuese por un arrebato de pasión o un deseo incontrolable, la vergüenza recaía por igual.

Pero mientras que a los hombres les bastaba cortar todo vínculo para seguir adelante con sus vidas, las mujeres quedaban marcadas para siempre. Para ellas, no había redención. Sus nombres se convertían en susurros de escándalo, y sus oportunidades de un matrimonio digno se desvanecían como un espejismo.

La sola idea de ser una de esas mujeres llenó a Tess de amargura. En su modesta casa de techo de tejas, la misma que Agatha le había rentado cuando llegó al condado tres años atrás, sola y embarazada, se apresuró a empacar sus escasas pertenencias. Como si una tormenta estuviera a punto de estallar y arrasarlo todo a su paso, ella se movía con rapidez y determinación. Preparó a sus pequeños para un viaje sin retorno.

—¿Cómo es que terminé viviendo aquí, en el mismo condado del hombre que me dejó en esta situación? —murmuró para sí misma. Era el destino jugando una cruel broma o tal vez una trampa del azar.

El cielo se oscureció rápidamente y gruesas gotas comenzaron a caer mientras Tess salía de la casa con sus hijos envueltos en una gruesa manta. Su plan era claro: con el dinero que había logrado ahorrar, buscaría refugio en el condado vecino, lejos del pasado que la perseguía.

La lluvia comenzó como una suave llovizna, pero pronto se convirtió en un torrencial implacable. No se detuvo, aunque el camino se volvía cada vez más difícil. Apenas había avanzado unas horas cuando escuchó un sonido que hizo que su corazón se detuviera: el relincho de un caballo a lo lejos.

La lluvia formaba una cortina densa que dificultaba la visión, pero la voz que resonó entre el aguacero no dejó lugar a dudas. de quién era

—¿Sabías que venía y has decidido salir huyendo? —dijo una voz profunda y autoritaria.

Tess se detuvo en seco, su corazón latiendo con fuerza mientras intentaba discernir la figura oculta tras la lluvia.

—¿Mi retorno te ha ahuyentado del pueblo donde te ocultaste durante tres largos años, cariño? —continuó la voz, acercándose.

El viento azotaba su rostro con fuerza, y las gotas de lluvia nublaban su vista. Sus hijos, pequeños e indefensos bajo la manta, se removieron inquietos al escuchar aquella voz desconocida para ellos, pero inconfundible para Tess.

Los apretó contra su pecho, protegiéndolos de la vista.

—¿O acaso has salido de mi condado para venir hasta este desolado páramo y darme la bienvenida? —ironizó el hombre.

De repente, el sonido de cascos rompió el velo de la lluvia. Un imponente caballo negro emergió entre las sombras del aguacero. Montado sobre él estaba el conde, erguido como una figura de autoridad implacable. Había regresado. Demasiado pronto para sus planes; demasiado tarde para evitarlo.

Los labios de Tess se unieron en silencio, mientras arrogantes ojos grisáceos, oscuros y del mismo tono que la plata, la miraban con profundidad intimidante.

—No lo conozco —dijo con voz temblorosa—. ¡No sé quién es usted! ¡Le ruego, caballero, que se aparte de mi camino y me permita marchar!

Intentó fingir ignorancia, esperando que los años hubieran borrado su rostro de la memoria del hombre. Pero fue un intento inútil.

—¿No me reconoces, Tessa? —preguntó él en un tono cargado de ironía—. Yo te recuerdo perfectamente. Recuerdo cada detalle de aquellas noches en Londres... y también recuerdo lo que hiciste después.

El corazón de Tess latió con fuerza mientras sus ojos se encontraban con los del conde. Su mirada era dura como el acero, más fría y penetrante de lo que ella recordaba. Parecía un hombre transformado por el tiempo y por las batallas que había enfrentado desde entonces.

—¿Acaso pensaste que podrías huir sin consecuencias? —continuó él mientras desmontaba con gracia del caballo. Cada paso que daba hacia ella hundía sus botas en el barro, pero su andar era firme e implacable—. ¿De verdad creíste que podrías ocultarte para siempre? ¿Creíste que tenías el derecho, mejor dicho, la libertad de vivir sin mí?

Tess retrocedió instintivamente, pero el suelo fangoso dificultaba cada movimiento. Sus manos temblaban mientras apretaba la manta contra su pecho, tratando desesperadamente de proteger a los dos pequeños que llevaba consigo.

—Le he dicho que no lo conozco, caballero. Déjeme ir —pidió, desesperada.

De una altura impresionante y de una complexión fuerte, ni demasiado delgada pero lejos de ser robusto, el conde continuó acercándose.

—¿Imaginaste que me olvidaría de ti y te permitiría esfumarte en el aire, querida? ¿Creíste que, luego de lo que me hiciste vivir, tendrías la fortuna de continuar tu vida sin que hayas tomado responsabilidad?

Las manos de Tess se crisparon sobre la manta empapada, como sí con ello pudiera ocultar aquello que llevaba de contrabando: dos pequeños, hijos del hombre delante de ella.

—Me arrepentí desde el primer momento. ¡Le rogué su perdón! ¡¿Por qué no es suficiente para usted?! —alzó la voz en un arrebato—. ¡Deje de atormentarme de una vez! ¡Olvídese de mí, por favor!

De inmediato se dio cuenta que había cometido un error. La manta se agitó por los gritos y la tormenta no logró opacar los llantos que surgieron enseguida. Los gemidos infantiles atrajeron la atención del conde como un imán.

Sus ojos grises se clavaron en la tela húmeda que envolvía a los niños, y Tess supo en ese momento que todo estaba perdido. Empezó a ver como los rasgos del conde, apuestos y llamativos para toda mujer, aparecía un creciente interés.

Con un movimiento rápido y decidido, el conde apartó la manta que cubría a los pequeños. Allí estaban: dos rostros idénticos al suyo, con los mismos ojos grises y el mismo cabello oscuro. Una sonrisa sardónica apareció en sus labios mientras arqueaba una ceja.

—Vaya... —murmuró con incredulidad mezclada con algo parecido al orgullo—. Mi sangre es tan fuerte que no solo prevaleció sobre la tuya, sino que incluso me ha dado dos hijos a la vez.

Tess intentó cubrirlos nuevamente, pero sus manos temblaban demasiado como para hacerlo con firmeza.

—¡No son suyos! —protestó débilmente, aunque sabía que no tenía sentido negarlo más—. No lo son… Su padre no es usted… No lo es...

El conde soltó una breve carcajada, cargada de ironía y algo más oscuro.

—Qué mentirosa eres, Tessa —dijo con voz grave—. Pretendes engañarme ahora como lo hiciste en Londres. Pero no te servirá de nada. Los hechos hablan por sí solos.

Había una mezcla de determinación y amargura en su mirada, como si las heridas del pasado aún sangraran bajo su aparente compostura.

—Tal vez creíste que dar a luz a los hijos del hombre que engañaste, es suficiente castigo para lo que hiciste. Pero debo informarte de un hecho lamentable: no es así, las verdaderas consecuencias comienzan ahora que yo he regresado.

Un trueno ensordecedor resonó en el cielo, iluminando por un instante los rostros enfrentados bajo la lluvia torrencial. Tess dio un respingo ante el estruendo, pero el conde permaneció inmóvil, inmutable, observándola con una mezcla de dureza y fascinación.

¿Había retornado con el único deseo de castigarla? Como conde podía hacerlo. Tess lo sabía. Como conde, Alexander de la Poer tenía el poder para hacer lo que quisiera, incluso arrebatarle el aliento del cuerpo.

Su primer temor fueron sus hijos, ¿qué sería de ellos?

Intentó hablar nuevamente, desesperada por encontrar las palabras correctas para calmarlo.

—Yo... yo sé que cometí un error... No debí... ¡No debí hacer lo que hice! ¡Lo lamento profundamente! Pero por favor... ¡Olvídeme! ¡Olvídenos!

Antes de que pudiera continuar, él alzó una mano y tomó su rostro entre sus dedos fríos por el agua. Su toque era firme pero sorprendentemente delicado, sin llegar a lastimarla de verdad.

—No son necesarias tus disculpas —dijo con voz baja y controlada, con los rasgos crispados—. No he venido hasta aquí para escucharlas ni para perdonarte.

Tess lo miró con ojos llenos de temor e incertidumbre mientras él continuaba hablando.

—Te convertirás en mi esposa —declaró finalmente, con una resolución inquebrantable—. Ya fuiste mi mujer una vez; ahora lo serás formalmente. Es lo adecuado dado que soy el padre de tus hijos... y tú eres la mujer que me llevó al borde de la locura hace tres años.

La sorpresa quedó grabada en el rostro de Tess al escuchar aquellas palabras. Antes de poder articular una respuesta coherente, vio cómo una sonrisa elegante y llena de autocomplacencia se dibujaba en los labios del conde.

—Considera esto mi capricho... y tu castigo —concluyó él mientras un rayo iluminaba el cielo detrás de su figura imponente.

Eso, para ella, se sintió peor que todo. Hubiese sido mejor que él reclamará su vida.

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