Selena
Cuanto más tiempo pasaba sentada allí, más oscuro se volvía el café… y no solo porque la tarde caía.
Al principio me repetía que estaba bien. Las reuniones se retrasan. El tráfico puede ser horrible. Los hombres importantes siempre están ocupados. Me repetía esas excusas en la cabeza como una oración, esperando que alguna se quedara y calmara el nudo apretado que se me estaba formando en el pecho. Pero a medida que los minutos se convertían en horas, el aire a mi alrededor empezó a pesarme, casi a asfixiarme.
Las luces cálidas del Spring Café, que antes me habían parecido reconfortantes, ahora se veían demasiado tenues. Las sombras se aferraban a los rincones. La música suave que antes sonaba agradable ahora se sentía lejana y inquietante, como ruido de fondo para mis pensamientos en espiral. Miré el teléfono otra vez: ni llamadas perdidas, ni mensajes. Nada.
Mis dedos temblaron ligeramente cuando por fin cedí y marqué el número del cliente.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
No cont