Astrid
Prácticamente viví en el pasillo esa mañana.
Si alguien se hubiera molestado en observarme con atención, habría notado lo inquieta que estaba, cómo mis pasos nunca se asentaban del todo, cómo mi teléfono no abandonaba mi mano, cómo recorría el suelo pulido como un depredador esperando a que su presa tropezara y apareciera a la vista. Antes intenté sentarme. Intenté fingir que era solo otro día, otro movimiento calculado en un juego largo. Pero mi cuerpo se negó a colaborar.
Rosa estaba e