Astrid
Prácticamente viví en el pasillo esa mañana.
Si alguien se hubiera molestado en observarme con atención, habría notado lo inquieta que estaba, cómo mis pasos nunca se asentaban del todo, cómo mi teléfono no abandonaba mi mano, cómo recorría el suelo pulido como un depredador esperando a que su presa tropezara y apareciera a la vista. Antes intenté sentarme. Intenté fingir que era solo otro día, otro movimiento calculado en un juego largo. Pero mi cuerpo se negó a colaborar.
Rosa estaba en la manada Luna de Sangre.
Con Rowan.
Ese único hecho hacía imposible relajarme.
Desde que me informó que asistiría a la reunión como representante de la empresa, mis nervios estaban al límite. Repasé en mi cabeza todos los posibles resultados, cada cláusula del contrato, cada penalización que Rowan había firmado tan estúpidamente. Sabía que el acuerdo era hermético. Sabía que no había escapatoria para él. Y aun así, la anticipación me arañaba sin descanso.
Quería ver el momento del impacto.
Qu