Astrid
Estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, el peso familiar de mi portátil reposando sobre mis muslos, aunque la pantalla llevaba rato apagada. No había estado trabajando desde hacía un buen rato. Mi atención estaba en otra parte: en la anticipación, en la satisfacción, en el lento y delicioso despliegue de un plan que me había tomado meses perfeccionar.
Rosa estaba sentada frente a mí, relajada, con un brazo apoyado en el respaldo del sofá, exudando una autoridad silenciosa. La gente subestimaba a Rosa porque sonreía con demasiada facilidad y reía demasiado fuerte. Nunca se daban cuenta de lo afilados que eran sus dientes hasta que era demasiado tarde.
—Ya le dieron el golpe —dijo con naturalidad, como si hablara de un paquete que había llegado a tiempo.
Mis labios se curvaron antes de que pudiera evitarlo. —¿Tan pronto?
Rosa asintió. —Justo en el horario previsto. Te dije que mi gente no falla.
Me recliné en los cojines, sintiendo cómo la tensión se derretía de mis h