Astrid
Estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, el peso familiar de mi portátil reposando sobre mis muslos, aunque la pantalla llevaba rato apagada. No había estado trabajando desde hacía un buen rato. Mi atención estaba en otra parte: en la anticipación, en la satisfacción, en el lento y delicioso despliegue de un plan que me había tomado meses perfeccionar.
Rosa estaba sentada frente a mí, relajada, con un brazo apoyado en el respaldo del sofá, exudando una autoridad silenciosa. La