Astrid
—¿De qué estás hablando? —exigí.
Levanté la cabeza para mirar directamente a Alana. Su rostro estaba extrañamente calmado, casi inexpresivo. No había ni rastro de su habitual sonrisa burlona ni de la diversión burlona que solía bailar en sus ojos.
Se sentía… raro.
Alana se enderezó y, lentamente, se secó la mano mojada en el lateral de su vestido, como si aquella acción le diera tiempo para ordenar sus pensamientos.
—Y por un momento —dijo en voz baja—, pensé que eras un poco más intelig