Me alejo de la puerta, me acurruco y acerco las rodillas al pecho.
Con los ojos bien cerrados, busco consuelo en la oscuridad, no para dormir, ya que es difícil encontrar descanso en la guarida del enemigo.
Debo esperar el momento oportuno, permitir que mis heridas sanen y reunir fuerzas antes de idear mi próximo movimiento.
Mi breve momento de paz se hace añicos cuando alguien agarra mi brazo con fuerza, arrancándome de la cama y enviándome al suelo.
Los ojos de Ember arden con inconfundibl