Me incómodo por eso y me acerco lentamente a él, me quedo a su lado y llevo mis manos a sus hombros para masajearlos y bajar la tensión.
—Lo siento —le digo muy cerca de su oído—, ¿Vayamos a almorzar, sí?
César respira hondo para calmarse de la tensión y se voltea para verme, apoyando su trasero en el escritorio.
—De haber sabido que eras tú la mujer que le envié a él, no estarías en está situación, no serías mi debilidad —lleva sus manos a mi cintura y me apega a su cuerpo.
—Si fuera tu debili