Las piernas me temblaban y el corazón palpitaba cada vez con más frecuencia, sobre todo cuando escucha la voz de Alexander atraerme hacia él una vez estuvo tirado boca arriba sobre la cama.
—Ven aquí… —dijo, besando mi coronilla y acariciando mi piel con la yema de sus dedos—. ¿Te encuentras bien? ¿Te dolió demasiado?
—Es un dolor aceptable, no te preocupes.
—Lo siento, por momentos olvido contenerme, sé que no estas acostumbrada a esos movimientos brutos.
—No hay problema… —sonroje mis mejilla