Capítulo 112. El perro del hortelano
«¡Por qué ella es mía!»
Un silencio sepulcral le siguió a aquella confesión. Caleb estaba agitado, tenía las manos apretadas en dos fuertes puños y los dientes tan apretados que sentía que iba a romperlos por la presión que ejercía. Tenía la garganta apretada y estaba a nada de gruñir como una fiera ante la falta de respuesta de su hermano.
—Querías motivos —se obligó a pronunciar para romper ese silencio que golpeaba como un rayo entre los dos.
—¿Y lo que has dicho crees qué es un motivo válid