El té en la taza de porcelana se había enfriado por completo, una fina y oscura película formándose sobre la superficie bajo la pálida luz de Londres.
A Sophia no le importaba. No se había movido de la esquina del sofá de terciopelo en tres horas, sus piernas apretadas contra sus costillas, la pantalla del portátil proyectando un tono verdoso y enfermizo sobre sus hundidas mejillas.
El apartamento olía a pan tostado rancio y al pesado y caro humo de los cigarrillos turcos que había estado encen