El reloj en el pasillo dio las dos de la madrugada. Un sonido solitario y pesado que parecía ser tragado por las gruesas alfombras de la villa.
Diane no se sentía cansada. Su piel se sentía eléctrica, vibrando con las consecuencias de la sala de juntas. Era una euforia extraña, saber que acababas de arruinar el apetito de tres hombres con unas pocas frases.
Se miró en el espejo del tocador. Se había cambiado a un camisón de seda pesada color carbón. Se sentía como líquido contra su piel. Frío,