Capítulo 5
Punto de vista de Talia

—Oh... Jason, ayuda a nuestro cachorro —dijo Viki antes de desmayarse.

—Te lo preguntaré de nuevo. ¿Qué demonios hiciste? —gruñó él.

Todo el peso de su aura de Alfa se estrelló contra mí como una ola y me temblaron las rodillas, pero me obligué a mantenerme erguida. La sumisión me arañaba las entrañas, exigiéndome que me inclinara, pero me rehusé.

—¡No la toqué! —me apresuré a decir—. Solo se desplomó en el suelo. ¡No sé qué pasó!

Ni siquiera me miró. Su atención entera estaba fija en Viki, quien yacía allí tendida, aún agarrándose el vientre.

—¡Viki! —arrulló Jason, dejándose caer de rodillas a su lado—. Viki, despierta.

Una punzada me atravesó el corazón. Su rabia aún presionaba contra mí, pero en el instante en que ella no respondió, el miedo reemplazó a la ira.

—¡Traigan al sanador! —ordenó Jason a uno de los guerreros que había entrado corriendo tras él—. Ahora.

Me quedé allí, congelada en mi sitio; cada instinto de mi cuerpo gritaba que debía defenderme. No importaría en ese momento, no cuando la madre de su cachorro no nacido estaba inconsciente en el piso y yo era la única que seguía en pie.

«Planeó esto», gruñó mi loba. «Nos tendió una trampa. Debimos irnos en cuanto la vimos».

—Si le pasa algo a este cachorro —gruñó Jason—, te juro por la Diosa, Talia, que acabaré contigo.

—No hice nada —dije con la voz más baja—. Sabes que yo no le haría daño a un cachorro.

Jason giró la cabeza. Sus ojos ardían de furia.

—¿Esperas que crea que arriesgaría a su propio cachorro solo para hacerte quedar mal?

—Sí —espeté—. Usa la nariz, Jason. ¡Mi olor no está en ella!

Él se levantó despacio.

—Cuando despierte, te disculparás. —Se volvió hacia un guerrero y ordenó—: Llévala de vuelta a su habitación. Permanecerá allí hasta que Viki despierte.

Hizo oídos sordos a todo lo que dije.

Cuando Viki por fin despertó en la enfermería esa misma noche, me llevaron ante ella. Todavía me dolían las muñecas por el agarre de los guerreros. Permanecí en silencio en un extremo de la habitación, flanqueada por guardias, mientras Viki parpadeaba de forma dramática hacia el techo y gemía como si estuviera saliendo de un coma.

—¡Oh... Luna Talia...! —chilló con voz temblorosa—. Por favor... no le hagas daño a mi cachorro...

Apreté la mandíbula mientras resistía el impulso de llamarla mentirosa.

—Se abalanzó sobre mí. Dijo que nunca dejaría que un bastardo ocupara su lugar. Yo... estaba aterrorizada...

Jason se encontraba de pie junto a la cama, con los brazos cruzados. Recé, solo por una vez, para que la cuestionara, para que dejara de fingir que aquello tenía sentido cuando todo le indicaba que mentía.

—¿Hay alguna prueba? —preguntó—. ¿Alguien que lo haya visto?

Exhalé aliviada hasta que Viki giró la cabeza y dejó escapar un suspirito herido.

—Clara lo vio.

Se me cortó la respiración.

—No —dije de inmediato—. No, Clara ni siquiera estaba en la cocina con nosotras.

La puerta se abrió y mi apocada sirvienta entró. Su olor apestaba a miedo. Se retorcía el delantal entre las manos, manteniendo la cabeza gacha.

—Yo... yo lo vi —susurró Clara—. Lo vi. La Luna Talia estaba molesta, y ella... se abalanzó. No la tocó a propósito, pero fue... fue amenazante y...

Sentí un vacío en el estómago. ¿Cómo podía mentir de esa manera? Después de todo lo que habíamos pasado, ella también me daba la espalda.

—Clara —dije, apenas reconociendo mi propia voz—. Mírame a los ojos y di la verdad.

Clara fue incapaz. Mantuvo la mirada clavada en el piso. Desplegué mi aura de Luna y gruñí:

—¡Di la maldita verdad ahora!

—Eres una desvergonzada, Talia —espetó Jason con desprecio—. ¿Cómo pudiste intimidar a tu propia sirvienta para que mintiera por ti?

—Ella SÍ está mintiendo. Alguien la amenazó para que hiciera esto. Ni siquiera estaba...

—¡Suficiente! Llévenla al calabozo —ordenó Jason.

—¡No! —gruñí, y mi loba emergió a la superficie—. No puedes...

Dos guerreros me sujetaron. Me sacudí con violencia, chasqueando los colmillos; mis garras los cortaron, sorprendiéndolos con mi fuerza. Mi loba gruñó, lista para tomar el control y defenderme.

—¡Soy su Luna! —grité—. ¿Arrastrarían a su Luna por las mentiras de una loba sinvergüenza?

—¡Dejaste de ser la Luna en el momento en que pusiste en peligro a mi heredero! —gruñó Jason.

Entonces Viki se incorporó levemente. Alzó la mano con delicadeza, como si fuera una reina benevolente.

—Esperen —dijo—. No quiero que la castiguen. No si está dispuesta a disculparse y a servirme hasta que nazca el cachorro.

Me ahogué con mi propia respiración. Por supuesto que esto era lo que quería. Deseaba quebrarme, destruirme, y este era el último paso.

Los ojos de Viki brillaron de triunfo.

—Entiendo que esto es difícil para ti, Talia, y sé que perdiste el control de tu loba, pero como Luna debo darle el ejemplo a la manada de que cosas como esta no pueden permitirse.

Jason me miró.

—Es una oferta generosa. Deberías aceptarla.

No la corrigió por llamarse a sí misma Luna.

No sabía si reír o llorar.

—Una oferta generosa —repetí en voz baja—. ¿Eso es lo que piensas, Jason?

—Sí, es más de lo que mereces.

Mi loba gimoteó avergonzada. «Ya no somos nada para él. Nada».

Me erguí, conteniendo las lágrimas.

—Preferiría el exilio antes que arrastrarme a los pies de una mentirosa.

La mirada de Jason era gélida.

—Ya basta. Te daré una última oportunidad, Talia. Discúlpate o te arrojaré al calabozo.

Incliné la cabeza, y él esbozó una sonrisa petulante.

—Buena loba.

Levanté la vista y clavé mi mirada en la suya.

—Yo, Talia Carson, te rechazo a ti, Jason Dalton, como mi compañero y como mi Alfa.

Viki soltó un grito ahogado y Jason se tensó, pero me di la vuelta y salí caminando. No quería ver su reacción. No me importaba.

Me temblaban las piernas, pero no caí hasta llegar a la suite de invitados. Cerré la puerta y pasé el seguro.

Me dejé caer de rodillas y por fin permití que fluyeran las lágrimas.

«No nos merece. Esta manada no nos merece. Dejemos este lugar a los indignos», instó mi loba.

Abrí el vínculo mental que no había utilizado durante años.

«Solon...»

Hubo una pausa de apenas unos segundos antes de que su voz llegara, firme y serena.

«Talia, ¿dónde estás?».

«Hermano, quiero ir a casa...», gimoteé.

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