Punto de vista de Talia
El día comenzó con tranquilidad. Entrené con los guerreros a primera hora de la mañana, forzando el cuerpo al máximo hasta que el dolor en las extremidades ahogó la pesadez de mi corazón. Della me observaba, deteniéndome de vez en cuando para corregirme la postura.
—Hoy lo hiciste genial —me halagó mientras recogía las tijeras de podar de repuesto y empezaba a recortar el rosal que tenía al lado.
—No me siento así —murmuré—. Siento los brazos de piedra.
—Es ridículo que