Punto de vista de Talia
—No... no puedo creer que me estés haciendo esto —tartamudeé, alejándome de él—. La Diosa Luna me eligió para ser tu compañera. Soy tu Luna destinada. Lo que has hecho... es una blasfemia.
Jason no se inmutó.
—La Diosa Luna jamás permitiría que la manada se quedara sin un heredero. ¿Crees que a ella le importan más los títulos que la supervivencia?
Lo miré, atónita.
—Ella me entregó a ti, y tú escupes sobre ese regalo.
—Me dio una manada a la cual proteger —respondió con frialdad—. Y durante tres años no me has dado un heredero. No es la Diosa quien nos falla, Talia. Eres tú.
Se me hizo un nudo en la garganta, y mi loba se erizó ante la acusación y el insulto. Hablaba en serio. Utilizaba el vínculo divino como un arma, como prueba de mi fracaso.
—¿Crees que esto es todo lo que soy? —pregunté—. ¿Solo un vientre para llenar? ¿Eso es lo que significa para ti que sea tu Luna?
—Creo que estás emocional y buscas a quién culpar.
Me reí con amargura. De pie en la misma habitación donde solíamos compartir planes en susurros y caricias tiernas, ahora observaba a un macho que me veía como nada más que una inversión fallida.
Le di la espalda, secándome las lágrimas del rostro. No me merecía, y ojalá me hubiera dado cuenta tres años atrás.
Hace tres años, renuncié a todo: a mi derecho de nacimiento, a mi nombre, a mi título como hija del Rey Alfa. Corté lazos con mi padre, oculté mi verdadero rango y me uní a la manada Shadowclaw bajo el disfraz de una Omega.
Me humillé.
Me rebajé.
Todo por él.
Recordé la forma en que alguna vez miré a Jason, como si fuera el futuro, como si valiera el sacrificio porque era mi compañero destinado.
Cada noche de insomnio, cada susurro a escondidas, cada anciano de la manada que dudó de mí... nada de eso importó porque creía en él. Creía en nosotros.
Llevé el título de Luna con orgullo, dirigí esta manada cuando él estuvo lejos, protegí a los débiles, garanticé el orden, y me gané el respeto de los lobos que me escupían por ser una Omega. Convertí este lugar en un hogar.
Y ahora nada de eso importaba porque Viki gestaba a su cachorro, algo que yo no podía hacer.
Dio un paso hacia mí y me atrajo en un abrazo, suavizando la voz de esa manera exasperante que utilizaba cuando quería apaciguarme.
—Lo has hecho bien, Talia. Has dirigido esta manada mejor de lo que la mayoría de las Lunas podrían hacerlo. Pero este... —hizo una pausa—, este cachorro cambia las cosas.
Lo aparté de un empujón. Intentaba consolarme mientras me decía al mismo tiempo que había sido reemplazada.
—¿Crees que tu mediocre cumplido me hará sentir mejor, o logrará que quiera ayudarte a criar a tu bastardo con tu ramera? —pregunté con frialdad, sin molestarme en ocultar el desprecio en el tono.
Su expresión volvió a endurecerse.
—No esperaba que fueras tan egoísta.
Mi risa sonó cortante, carente de humor.
—¿Egoísta? ¡¿Egoísta?! ¡No tienes idea de todo lo que he sacrificado por ti y por esta manada!
—Espero que hagas lo mejor para la manada. Viki se quedará aquí hasta que dé a luz. Necesita los cuidados adecuados y tu apoyo —declaró con desdén.
—A ver si entiendo. —Ladeé la cabeza—. Te acuestas con esta ramera a mis espaldas, me humillas frente a toda la manada, ¿y ahora quieres que le sirva la comida mientras se acaricia el vientre abultado y descansa en mi cama?
Frunció aún más el ceño.
—Estás tergiversando los hechos.
—No, te escucho perfectamente. Me pides que sea la niñera de tu puta.
—¡Cuida tu tono! ¡Soy tu Alfa!
—¿Por qué? Ella ya tiene tu favor. ¿Qué sigue? ¿Quieres que también le entregue el título de Luna? Ya que le gusta tomar las cosas que no le pertenecen, tal vez lo próximo sea regalarle mi ropa.
—¡Vuelves a ser irracional! —espetó Jason—. Esto no se trata de ti.
—¿No se trata de mí? Destruiste todo lo que construimos, profanaste el vínculo que la Diosa Luna nos otorgó. Tú...
La puerta se abrió con un crujido.
Me volví hacia el sonido, sabiendo de antemano a quién encontraría allí de pie.
Viki.
Entró sin llamar, con la mano descansando de manera dramática sobre el vientre, mientras una sonrisita de satisfacción le curvaba los labios.
—Oh —dijo con inocencia—, no me di cuenta de que ustedes dos seguían... hablando.
Miró a su alrededor con fingida curiosidad, con los ojos brillando de falsa preocupación.
—Buenas noches, Luna Talia —saludó con dulzura, con la voz destilando hipocresía—. Solo quería avisarle al Alfa que el sanador cree que el cachorro es fuerte y ya patea mucho. Debe ser un macho. —Se frotó el estómago para darle énfasis—. Será un heredero maravilloso.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que dolió.
«No reacciones. Quiere que reacciones», susurró mi loba en mi mente para intentar calmarme, pero me resultaba difícil no borrarle a bofetadas esa estúpida sonrisa a Viki.
Viki clavó la vista en mí.
—Sabes, siempre he admirado lo organizada que eres. Mantienes a la manada funcionando como un reloj. Espero poder aprender eso de ti.
—¿Fue por eso que te acostabas con mi compañero? —pregunté con frialdad—. ¿Para estudiar mis hábitos más de cerca?
Jason soltó un gruñido por lo bajo, pero no lo miré.
La mirada de Viki vaciló. Había dado en el clavo. Se compuso con rapidez y fingió un puchero.
—Estás siendo muy hostil, Luna Talia. No es culpa mía que la Diosa Luna me haya elegido para darle un cachorro al Alfa.
—¡Tonterías! Lárgate —exigí.
Ni Jason ni Viki se movieron un ápice.
—Dije que te largues —gruñí.
—Tú no tienes voz ni voto en esto, Talia. He intentado ser razonable, pero si no escuchas, tomaré la decisión por ti —declaró Jason.
Chasqueó los dedos y dos guerreros entraron a la habitación. Me inmovilizaron de inmediato.
—¿Qué están haciendo? ¡Soy su Luna! ¡Quítenme las manos de encima! —Me sacudí bajo su agarre.
—Te quedarás en la suite de invitados hasta que hayas aprendido a comportarte. Sáquenla de aquí —ordenó Jason, mientras tomaba a Viki en brazos para llevarla a nuestra cama.
No estaba dispuesta a permitir que me humillara más. Me zafé del agarre de los guerreros de un tirón.
—No se molesten, iré por mi propia cuenta. Pero entiende esto, Jason: te arrepentirás.