La mañana llegó y a Alexander le dolía mucho la cabeza.
Había soñado con esa bruja de nuevo y ni en sueños había logrado quitarse esas ganas que tenía de ella.
La almohada era muy cómoda, mullida, blandita y suave.
Olía delicioso y se apretó más contra ese agradable cojín.
Le colocó la mano encima y se encontró frotándola.
—Parece un pecho —murmuró medio dormido.
—Es un pecho, no lo parece y es «mi pecho» el que estás agarrando.
Alexander abrió los ojos de golpe y se encontró a Diana a su lado.