El silencio en el pequeño local de Ariel era ensordecedor, interrumpido solo por el sonido sordo de los pasos de Norman mientras recogía los billetes esparcidos y los restos del altercado, cada trozo de las creaciones de Ariel, notando con pena que no quedó nada que sirviera, ni un solo objeto recuperable, cada uno de ellos estaba roto, sus piezas esparcidas y todo el esfuerzo de Ariel desperdiciado. Migo, el pequeño cachorro, se movía inquieto a sus pies, percibiendo la tensión en el aire. Con