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Eduardo se desesperó cuando miró que su hermano hablaba en serio de no querer colaborar.

—No, espera. Está bien, lo acepto. Pero si me prometes que tendrás mucho cuidado, y cada vez que te toque correr, yo te acompañaré.

—¿A correr en el auto? —preguntó con emoción.

—No, solo a verte, sabes que yo no soy fanático de eso. Pero por irte a cuidar, lo haré y te apoyaré desde la tarima.

—¡Te amo hermano! Pero, hay algo más que te quiero pedir.

—¿Qué otra locura se te ha ocurrido?

—Quiero dar clases
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