—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó Clif, ayudando a Zayden a ponerse de pie—. Lo siento mucho, tuve que hacerlo por su propia seguridad.
Zayden ahora estaba de pie al lado de Clif, contemplando el enorme incendio frente a él. Su mirada, inyectada en sangre, era sumamente afilada y oscura.
—¡Mátenlos a todos, no dejen a nadie vivo! —ordenó Zayden con una voz que helaba la sangre. Clif se quedó sin palabras al percibir el aura tan aterradora que envolvía el cuerpo de su jefe.
Clif le hizo una