Los lobos se mantuvieron tensos ante el espectáculo de William bebiendo de la indefensa mucama. No la iba a matar, era evidente, pero no quitaba lo grotesco y desagradable.
William puso los ojos en blanco. Los lobos ante él podían cerrar por completo su mente, pero sus expresiones eran un par de libros abiertos.
El vampiro retiró los colmillos del cuello de la mujer, se pinchó el dedo con uno de éstos y colocó la sangre sobre las incisiones que acababa de hacer. Entonces dijo algo en una lengua