Dante no soportó más el ver a Ileana tan callada y dispersa. En los últimos días se había convertido en otro planeta que orbitaba alrededor del Sol en completo mutismo, solo que el sol era Ivette. Estaba atenta a todo lo que se refería a su hermana y hasta dormir se le dificultaba.
—¿Me dirás qué demonios te sucede, mujer? —La voz áspera de Dante arrancó a su esposa de los pensamientos perdidos.
—No me pasa nada —ella negó como tantas veces antes, cuando él le preguntaba.
—¿Es por Ivette, no es