El teléfono de la casa en la hacienda repicó incesante. Nadie contestó. Ivette no se detendría por eso, él había dicho como muchas otras veces, que no quería verla ni saber de ella. Pero ni aquellas veces, menos en ese entonces, sería definitivo.
Estuvo jugando de manera arriesgada con fuego, apostando a no quemarse, apostando siempre a ganador.
—¡No puede ser! —Enojada apretó el teléfono.
Ella volvió a marcar un numero en su celular.
»¡Maldita sea, no puede ser que no responda! Por favor, sol