Hacía una semana que aquellas amargas verdades la golpearon en el rostro con fuerza descomunal y aún no lograba recuperarse, seguía sin poder recoger los pedazos esparcidos de su corazón.
En un principio, sintió que podía morirse, que el dolor no se apagaría, que flagelaría su piel por siempre. Le ardían los ojos y la garganta de tanto que había llorado, nunca antes había sentido el dolor tan hondo, invadiendo toda luz dentro de ella. Era como si las lágrimas nunca se agotaran, como si su cereb