Sofía estaba recostada en la cama del hospital, el frío de las sábanas contrarrestaba el calor sofocante que sentía en el pecho cada vez que pensaba en Estuardo y Nora. Sabía que tenía que mantener la compostura, pero la realidad se volvía más insoportable con cada segundo.
Entonces, un ligero golpeteo en la puerta la hizo alzar la vista. Ricardo asomó su cabeza, sonriendo con una calidez sincera que contrastaba con el mundo enredado de mentiras en el que ambos vivían.
—Sofía, ¿cómo te sientes