—Fabio —la voz de Don Jan Carlo cortó el silencio, fría y afilada—. Tenías una tarea. Una simple tarea.
—Don Jan Carlo, yo... —comenzó Fabio, su voz temblando mientras se movía incómodo.
—¡No! —La mano del hombre mayor golpeó el escritorio de caoba, haciendo que los papeles volaran. Sus ojos, oscuros pozos de furia, se clavaron en Fabio—. No me digas que fallaste porque “no te veías muy bien”.
—No estaba sola —continuó Fabio, la desesperación colándose en su tono—. El chofer estaba con ella. No