A medida que las horas pasaban se hacía más difícil. No podía estar de pie, no podía estar sentada, no podía estar acostada. Su cara iba de una sonrisa a una mueca de dolor; Daniel la sostenía, la acariciaba, la masajeaba, hacía cuanto podía, pero sabía que era todo trabajo de Deanna.
Hasta que el dolor ya no se pudo soportar más; él médico hizo un último chequeo y les anunció que estaban listos para comenzar.
-¡Quiero a mi mamá! – Le gritó a Daniel.
Parecía una niña asustada y por supuesto, Da