Los tres cruzaron la puerta de la habitación ansiosos, expectantes. Pero lo que vieron los dejó congelados. Sus pequeñas hermanitas los estaban esperando para conocerlos y era muy diminutas.
La primera en acercarse fue Naomi, se acercó a Deanna. La cara se la transformaba con cada paso, a medida que más cerca estaba y finalmente, parada al lado de la cama se largó a llorar como ella lo hacía: como una desquiciada. Deanna sonreía y la tomaba de la mano.
- No llores, muñeca… -
- ¡Es tan pequeñita