Retrocedo en el sofá antes de ponerme de pie casi en un salto:
—¡Pizza! ¡Pizza!— Exclamo como si tuviese cinco años pero sintiéndome tan emocionada como si tuviese diecisiete; amino hacia la puerta tratando de hacer de cuentas que nada ocurrió realmente porque así fue.
Me detengo frente a la puerta con la respiración agitada, en parte por lo rápido de mis movimientos y parte por los nervios. Me atrevo a tomar una bocanada de aire y entonces giro la manilla de la puerta. El chico delivery está