—¡Una escort! ¡Una put@ para millonarios! ¿Me cambió por esa? —refunfuñó indignada Irma, tenía los ojos llenos de lágrimas, y bebía ya como tres copas de vino.
—Así es querida amiga, lamento darte esta noticia, no comprendo como el imbécil de Juan Miguel pudo cambiarte por esa mujer —masculló Sergio, observó a Irma de pies a cabeza, se aproximó a ella, y con las yemas de sus dedos le acarició el contorno—, eres más hermosa —susurró con voz ronca—, yo puedo llevarte a volar… —murmuró, sacó del