—¡Hice una pregunta! —exclamó en voz fuerte la madre de Juan Andrés, observó a su hijo con la camisa manchada de sangre, el rostro lleno de rasguños, estaba desgreñado, y luego enfocó su vista en la muchacha, quien respiraba agitada y tenía el cabello enmarañado.
—¡Esta loca me agredió, mamá! —se quejó él—, no la quiero en la hacienda, sáquenla —ordenó.
—¿Qué le hiciste? —cuestionó la señora Duque a su hijo, mirándolo con profunda seriedad.
El joven arrugó el ceño.
—¡Nada! ¡Ella me estaba pr