Mariela se sobresaltó, se asustó, se llevó la mano al pecho.
—¿Se encuentra bien? —indagó el agente López.
Ella frunció el ceño. Él miró los pedazos rotos de vidrio, la botella de licor en la mesa de centro, y a Mariela con el cabello enmarañado, los ojos rojos, las mejillas húmedas.
—¿Qué haces aquí? ¿Me estás persiguiendo? ¿Eres un acosador? —indagó casi arrastrando las palabras.
—Estoy aquí porque su papá me contrató para custodiarla, teme por su seguridad. —La observó con profunda serie