Elizabeth fingió que el cuerpo no le temblaba y que agarrar aquella copa de vino sin volcarla por los nervios no fue una odisea.
Le sudaban las manos, sentía el estómago oprimido y le picaban los ojos por aguantar las lágrimas.
En cuanto lo vio cruzar la puerta y la miró sin reconocerla, ella tuvo que guardar silencio porque no estaba segura de que le saliera la voz.
No lo amaba, no podía continuar amándolo después de noches y noches de lágrimas.
De dormirse con el rostro enterrado en la almohad