Cuando llegaron a la casa, Miranda y Agustín los esperaban, la angustia y el nerviosismo marcados en sus rostros. Al verlos entrar, Miranda abrazó a Marella con un alivio frenético, luego envolvió a su hijo en un abrazo igual de desesperado.
—¡¿Qué fue lo que pasó?! —preguntó, su voz temblando.
Dylan lanzó un suspiro profundo, casi agotado por la intensidad de la noche.
—El abuelo ha cumplido su promesa, pero con ciertas condiciones —respondió, mirando a su madre con una mezcla de determinación