Cuando Carlos Ibáñez abrió los ojos en aquella fría habitación, lo primero que preguntó fue por su esposa. Al descubrir que Suzy no estaba allí, su máscara de arrogancia se desplomó, y un llanto amargo brotó de él, revelando la desesperación de un hombre que, en el fondo, sabía lo perdido que estaba.
—¡Quiero verla! —sollozó, sin rastro, de la soberbia que siempre lo había caracterizado—. Cometí errores, ¡pero también me engañó! Ella dijo que tendríamos un matrimonio abierto… ¿Y ahora me deja as