Al día siguiente
Tina apenas había terminado de limpiar el pequeño departamento cuando un golpe en la puerta resonó con fuerza. Al abrir, quedó helada al encontrarse cara a cara con Bernardo.
—¿Tú? —su voz apenas fue un susurro, cargado de incredulidad.
Él respondió con una sonrisa llena de sorna, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo, como si no fuera extraño plantarse frente a ella después de tanto tiempo.
—¿Has escuchado esa frase que dice “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”?
Ti