Almer disfrutó tantísimo ese gemido que se tragó al besar a una loca desquiciada con un diminuto vestido azul rey.
Habían encontrado una habitación libre por suerte del destino en dónde todavía estaban las sábanas intactas y oliendo a limpio.
Subió la mano por debajo del dobladillo del vestido para amasar con vehemencia su trasero redondeado.
La acostó sobre la cama, admirando el deseo brillando en sus ojos.
Mierda.
Estaba tan abrumado por Vick que había olvidado el mayor problema de toda esta