Los días siguientes pasaron en un borrón de entumecimiento. La comunicación con mi madre iba de mal en peor.
Cuando había llegado aquella tarde del porche del señor Nicolás, no paró de preguntar por mis ojos rojos y mi voz ronca. No paró de decirme que me había advertido. Ni siquiera le había contado nada, y ya iba exclamando con todo gusto que ella tenía la razón y que debía lidiar ahora yo con mi corazón roto.
¿Qué debía decirle yo en respuesta? ¿Que sí, que Daniel me había engañado? ¿Que hiz