Frederick tenía un civic azul. Sonaba y se sentía genial. Bien por él. Mal por mí por estar encerrada en este pequeño auto con un hombre cuya boca no paraba un segundo para tomar un respiro.
El chico había entrado en confianza cuando lo alenté a contarme como había conseguido el auto. A partir de ahí se adentró en una incansable charla sobre préstamos de banco y caja de ahorros. Entre seguros, fideicomisos y demás.
Sin embargo, cuando paré su cháchara para sugerirle que fuéramos a la playa, su