—Creí que aquel hombre había renunciado —dije mirándolo severamente—. ¡Por Dios, Benjamín, dejaste a la familia sin hogar! —exclamé paseando por la sala.
—¿Qué querías que hiciera? Él había robado diez mil dólares de la aerolínea y eso merecía el despido, y como él tenía la casa gracias a ésta, al momento de ser despedido perdió todo poder en ella —informó mi padre indiferente, sentándose en su silla detrás del escritorio.
Una vez más sus palabras me dejaron estoico. Mi cara se drenó de toda s