70. He dicho que te vayas
Anabell
Las palabras me golpean con más fuerza de la que esperaba.
Durante un segundo me quedo completamente inmóvil en la puerta, con la mano todavía apoyada en el picaporte, sintiendo cómo algo se contrae dentro de mi pecho. No es sorpresa exactamente —porque tratándose de ella nunca hay demasiadas sorpresas—, pero aun así escuchar esas palabras en su voz hace que un viejo dolor, uno que conozco demasiado bien, se despierte dentro de mí.
La vergüenza.
La culpa.
La sensación constante de no se