Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Elara
La Estación de Bomberos #7 huele a humo viejo y dolor fresco.
Finn O'Connell me guía entre los camiones rojos, su mano flotando cerca de mi espalda baja. Nunca toca. Solo... protege el espacio.
—Es aquí —dice, su voz rasposa por años de humo.
La sala de reuniones es un santuario. Seis rostros sonríen desde mis hologramas. Seis hombres que nunca volverán a casa.
—Los queremos así —murmura Finn—. Vivos. Riendo. No como estatuas frías en un cementerio.
Ajusto la iluminación. Finn se para detrás de mí. Tan cerca que siento su calor. Su presencia es como un muro contra todo lo demás.
—Michael —dice, señalando uno de los hologramas—. Tenía una risa que llenaba toda la estación. A veces me quedo tan quieto que juro que todavía puedo oírla.
Su voz se quiebra. Veo sus puños cerrarse, las cicatrices en sus nudillos blanqueándose bajo la presión.
Y hago algo increíblemente estúpido.
Extiendo mi mano y la poso sobre su puño cerrado.
Ambos nos sobresaltamos.
Su piel está caliente. Marcada por quemaduras reales y metáforas igualmente ardientes. La mía es fría, siempre fría.
Pero donde nos tocamos... arde.
—Elara... —Su voz es un susurro roto.
—Lo siento. —No retiro mi mano—. Por tu pérdida. Por tus amigos. Por todo lo que cargaste solo.
—No tienes que...
—Lo sé. Pero quiero.
Sus dedos se relajan bajo los míos. Lentamente. Como una flor abriéndose. Luego su mano se gira, envolviendo la mía.
Es simple. Es perfecto. Es devastador.
Puedo sentir cada cicatriz en su palma. Cada quemadura. Cada momento en que arriesgó todo para salvar a alguien.
—Gracias —susurra—. Por esto. Por verlos como eran. Por... por estar aquí.
Doce segundos. Cuento cada uno porque es lo único que me mantiene anclada.
Retiro mi mano primero. Tengo que hacerlo.
Porque si me quedo, voy a hacer algo peor. Como quedarme para siempre.
—Los hologramas están listos —digo, voz ronca.
—Elara.
Me giro en la puerta.
Sus ojos están húmedos. No llora. Pero casi.
—Si alguna vez necesitas a alguien... alguien que solo escuche... —Traga—. Estoy aquí.
Asiento. No confío en mi voz.
Toque número cuatro: mano sobre mano, 12 segundos. Intensidad: 8/10. Sensación de hogar: PELIGROSA.
Esa noche. El Gato Negro.
Jax Mercer me espera en la mesa del fondo. Espalda contra la pared. Ojos escaneando cada sombra como si esperara que alguna cobrara vida y atacara.
—Nuevas identidades —dice, deslizando un disco cifrado por la mesa pegajosa.
Nuestros dedos se rozan al tomarlo. Rápido. Áspero.
Absolutamente intencional.
Sonríe. Una expresión que no llega a sus ojos del color del hielo sucio.
—Te gusta vivir peligrosamente, ¿eh, pequeña Beta?
—No soy quien contrata mercenarios en bares clandestinos.
—No, tú eres quien crea las identidades para esos mercenarios. —Se inclina hacia adelante, olfateando el aire entre nosotros—. Mucho más peligroso.
—Solo hago mi trabajo.
—Hueles raro.
Mi sangre se congela. —¿Qué?
—Como Beta. Te mueves como Beta. Pero a veces... —Sus ojos se entrecierran—. A veces hay un destello debajo. Como oro bajo pintura barata.
—Es el perfume.
—Claro. Perfume. —Su pie encuentra el mío bajo la mesa. Presiona. Firme—. Sabes, todos mis clientes tienen secretos. Identidades falsas. Pasados enterrados. Pero tú...
Se inclina aún más cerca. Puedo oler el whisky en su aliento.
—Tú tienes un arsenal completo enterrado ahí dentro. Y un día, preciosa, voy a desenterrarlo todo. Cada. Maldito. Secreto.
No aparto mi pie. Estoy paralizada.
—Y cuando lo haga —continúa, su sonrisa volviéndose peligrosa—, vas a tener que decidir si me matas o me besas. Personalmente, espero lo segundo. Pero estaré preparado para ambos.
Mi corazón galopa. —Estás loco.
—Estoy interesado. Hay una diferencia. —Se reclina—. Ahora lárgate antes de que decida seguirte a casa solo para ver dónde vive una mujer que no existe.
Me voy. Sus ojos me siguen.
Toque número cinco: pie contra pie, 2 minutos. Intensidad: 7/10. Amenaza: 10/10.
Estudio de Cole Vance.
Las paredes están cubiertas de pinturas. Todas son yo. Pero no yo.
Formas que sugieren mis curvas. Colores que evocan mi piel. Sombras que susurran mi nombre.
Es perturbador. Es hermoso. Es obsesivo.
—Hoy es textura —anuncia Cole, con un pincel entre los dientes—. Cierra los ojos.
—Cole...
—Confía en mí.
—Esa es una petición peligrosa.
—Lo sé. —Sonríe—. Por eso es interesante.
Cierro los ojos.
El pincel toca mi clavícula. Las cerdas trazan una línea desde mi hombro hasta mi esternón.
Siento su intención a través de las cerdas como corriente eléctrica.
—¿Sientes? —Su voz está cerca de mi oído—. La pintura lucha contra el lienzo. Pero sobre la piel... es rendición absoluta.
El pincel desciende por mi brazo. Cada cerda deja frío que se convierte en calor.
Hipnótico. Aterrador. Adictivo.
—Estás temblando.
—Tengo frío.
—Mentirosa. —El pincel se detiene—. El miedo y el deseo tienen el mismo temblor. La única diferencia es a qué le pones nombre.
Abro los ojos. Los suyos, color óxido húmedo, me estudian.
—¿Cómo le pones nombre tú? —pregunto.
—Inspiración. Obsesión. Necesidad. —El pincel roza mi muñeca—. He pintado cien versiones de ti. Ninguna es correcta. Porque ninguna captura esto.
—¿Esto?
—El momento justo antes de que te rompas. —Se inclina más cerca—. Estás en ese filo ahora mismo.
Mi respiración se corta.
—Para —susurro.
—¿Por qué?
—Porque si no paras, voy a pedirte que sigas.
—Los mejores errores son los que cometemos con los ojos abiertos, musa. —Retrocede—. Volverás. Porque ahora que sabes cómo se siente, vas a querer más.
Salgo antes de demostrarle que tiene razón.
Toque número seis: pincel sobre piel, 5 minutos. Intensidad: 9/10. Control: perdiendo.
Mi apartamento. Domingo.
Zane Thorne está en mi umbral. Como cada domingo.
—Tu sistema tiene una falla. Ventana del baño. Sensor desalineado 0.5 grados.
—¿Por qué vienes cada semana?
—Porque no eres simple. Probablemente no eres Beta. —Da un paso adelante—. Porque hueles a miedo y secretos.
—¿Y?
—Y porque cuando estoy aquí, el ruido en mi cabeza se detiene.
—¿Qué ruido?
—Voces. Explosiones. Gritos que nunca se apagaron. —Sus ojos recorren mi rostro—. Tú eres silencio.
Doy un paso hacia él.
—¿Alguna vez para completamente?
—Nunca. Excepto aquí. Contigo.
Dos minutos. Luego retrocede.
—Falla reparada. Hasta la próxima semana.
Toque número siete: presencia compartida, 2 minutos. Intensidad: 10/10. Anhelo: insoportable.
Medianoche.
Me quito la camisa frente al espejo.
Las siete líneas en mi espalda brillan suavemente en la oscuridad.
Siete líneas. Como radios. Como pétalos.
Aparecieron después del Incidente. Cuando tres Alfas casi me matan de placer.
Esta noche, por primera vez en tres años, las siete brillan.
Siete hombres. Siete destinos convergiendo.
Tomo una pastilla azul. Un placebo. Azúcar que solo da ilusión de control.
No calma el zumbido en mi sangre.
Afuera, siete hombres regresan a sus vidas, cada uno creyendo que es el único que siente este tirón.
Y yo cuento los segundos hasta que todo se desmorone.
Porque el placer, cuando llegue, no será una ola.
Será un tsunami.
Y yo nunca aprendí a nadar.







