Rosalinda sintió que sus rodillas temblaban. Volvió suavemente y se hundió en el sofá. Dejó que sus lágrimas cayeran por sus mejillas. Estaba realmente condenada. Estaba perdida.
Sabía que era un mujeriego. Pero pensó que, como la amaba tanto, había abandonado su vida disoluta y se había aferrado solo a ella.
Fue estúpida por no decir nunca que no cuando él quería sexo. Ella le ofrecía sexo y se aseguraba de que él disfrutara cada segundo. Le fue fiel y ahora, él jugó con sus emociones.
Jugó co