Rubí no era tonta y sabía que eso no significaba nada bueno. No era ingenua para pensar que Marcus se refería solo a ir al gimnasio.
—Marcus, ¡eres un imbécil! ¡Duerme en el sofá esta noche y no vuelvas a la habitación! —gritó Rubí, avergonzada y exasperada, y colgó el teléfono.
Después de colgar, se cubrió la cara con la manta por un buen rato antes de levantarse y decidir comer algo.
Tras estirar sus músculos, Rubí llamó al director y a su maestra para avisarles que iría a la escuela mañana.