Rubí apretó los puños. Sus cejas se fruncieron con determinación cuando replicó con voz firme:
—Señor Maxwell, puede hacer un testamento si quiere, dejar claro que Dylan heredará el negocio familiar. Pero lo que ocurra con mi hijo, lo decido yo.
En cuanto a Dylan —añadió con serenidad—, lo amo y lo cuidaré como si fuera mío. Mi hijo aún no ha nacido, ni siquiera sé si será niño o niña. Pensar en herencias y poder ahora es absurdo. Además, en este mundo no manda el apellido, sino la capacidad. N