Todo me golpeó como un puñetazo en el estómago. Confirmado: esa niña era mía. Ni siquiera necesitaba una prueba de paternidad; tenía mis mismos ojos, mis mismos gestos... era un retrato mío en miniatura.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté, intentando controlar mi ira... y fracasando.
—Gabriel, ahora mismo estoy trabajando y, más tarde, debo ir al lugar donde realizaré mis prácticas. Si quiere, podemos hablar después.
—¿Hablar después? ¿En serio?
—¿Crees que esto es para discutirlo ahora?