Pasaron horas... horas y más horas. Caminaba de un lado a otro esperando la respuesta de los doctores. Necesitaba que me dijeran que mi esposa estaba bien, que seguía con vida. Mi pecho ardía por dentro; cada minuto era un golpe más a mi paciencia y a mis nervios.
—Gabriel, me estás mareando caminando de un lado a otro —dice Daniel con dos cafés en la mano—. Toma.
—No quiero café. Necesito saber que Isabella está bien.
—Ella lo estará, es una chica muy fuerte.
—¿Alejandra ya sabe? Esto puede de