Vaya hermanos, pensó, casi rodando los ojos.
“Buenos días, señor,” saludó cortésmente la recepcionista cuando entraron. “¿Tiene reserva?”
Adriel asintió, pero justo cuando abrió la boca para responder—
Un grito agudo rasgó el aire.
“¡Vuelve aquí, rompehogares!”
“¡Ah! ¡Suéltame, vieja bruja!”
Daniela