La semana siguiente pasó en un abrir y cerrar de ojos.
No del tipo que se escapa sin que uno lo note, sino del tipo que se arrastra y se alarga porque alguien se niega a dejar que avance más rápido de lo necesario.
Alejandro era esa persona.
Durante toda la semana después del incidente, rondó a Daniela como un halcón implacable.
No importaba cuántas veces le dijera que estaba bien—no importaba cuántas veces insistiera en que podía caminar, comer y funcionar sin supervisión—él permanecía cerca.