ROMAN.
El sol ardiente castigaba la ciudad mientras reunía a los hombres en el viejo almacén que había convertido en mi base de operaciones temporal. La tensión en el aire era palpable, y mi impaciencia crecía con cada segundo que pasaba.
— ¡Maldita sea, vamos, muevan esos traseros! — grité, golpeando con fuerza una mesa cercana —. No tenemos tiempo que perder.
Los hombres se apresuraron a tomar sus posiciones, conscientes de la urgencia de la situación. A mi lado, Vladimir me miraba con determ