Capítulo ocho. Ebriedad
Rosa María.
— ¿Rosa María, Rosa María? ¡Cielos, duerme como un lirón! ¡Rosa María! — escucho un grito y me incorporo de un salto.
— ¿Ah, ah qué? ¡Auch mi cabeza! ¿Dónde estoy? — veo al rubio con ojos de cielo y recuerdo todo el espectáculo estilo Broadway que armé.
Es tan vergonzoso. Voy a hacerme la ebria de nuevo ¡no, mejor me hago la muerta! A los perros les resulta, ¿no?
— ¡Levántese por favor, nos vamos! — bueno... esa frase si me agrada.
Levanto mi corpachón del catrecito y sacudo el poqui