A pesar de sus claras intenciones por cumplir con la premisa que había manifestado, fue imposible para Nila conciliar el sueño. Los sonidos desconocidos de la mansión inundaban el ambiente, aunque los más penetrantes fueron aquellos golpes constantes que venían desde la habitación del fondo y se volvían aún más incómodos al tener certeza de qué los estaba provocando. Por momentos los ronquidos de su jefe conseguía opacar el ruido ambiental, pero evidentemente no facilitaban la tarea de dormir.